-Cadete Corazón: Permiso para
retirarme por tiempo indefinido, señor
-Capitán Cerebro: Sabe usted muy
bien que su trabajo no puede ser remplazado por ninguno de nosotros, cadete.
Quiere entonces darme las razones que tiene para pedir ese retiro.
Conteniendo las lágrimas que se asomaban en sus lindos y tristes ojos y
haciendo uso extremo de su voluntad por fin pudo pronunciar palabras.
-Cadete Corazón: Usted, señor,
conoce perfectamente las razones que me llevan a tomar la decisión. Muchas
veces me advirtió que tuviera cuidado con mis decisiones y con los lugares
donde me metía, pero, sobre todo, de lo que dejaba entrar en mi ser.
Más serio que de costumbre pero con cierto semblante de compasión en su
rostro, el capitán cerebro se acercó por primera vez al cadete corazón y dijo, lo que en su momento consideró las
palabras exactas:
-Capitán Cerebro: Debo
admitir cadete, que sus razones no me convencen en lo absoluto. Pero voy a
apoyar su petición. Antes que todo debo protegerlo; tiempo atrás fue usted
quien tomó la decisión de cubrirse, de protegerse bajo un escudo, ahora soy yo
quien le ordena que lo haga, pero quiero primero que borre, saque o haga lo
necesario por liberar su espacio ya que de nada servirá el escudo si antes no
olvida lo que le hace sufrir.
-Cadete Corazón: Agradezco su
confianza y su apoyo señor. Sobre su advertencia solamente puedo decirle que
ese amor que me pide expulsar no puede ser borrado, olvidado ni mucho menos ya
que ahora puede que me tenga hecho pedazos pero a la vez es lo único que me
mantiene latiendo y así será hasta el día exacto en que mi función termine para
siempre.
Con estas palabras el Cadete Corazón se marcho a la celda que desde
ahora iba a resguardarlo. Una celda con las paredes más fuertes que se pudieron
construir para tal efecto, pero que serian fáciles de destruir con una sola
palabra, una sola mirada, un “te amo” del gran amor de su vida…


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